Aventuras de una mamá lectora: Frankenstein nos da una lección de vida...
- ERIKA Castillo
- 5 dic 2025
- 5 Min. de lectura
Frankenstein me habló de la ternura , y yo se la enseño a mi hija...
¿Has sido testigo de cómo la vida pone a prueba a las personas que más amas y no puedes hacer nada para aligerar esa carga?
Bienvenidos, mis queridos Lectores bajo la Luna, a una nueva aventura de una mamá lectora.
Mi pequeña de rizos alborotados ya no es tan pequeña. Es una niña que entra a un mundo donde los niños quieren ser adultos y a veces se arrancan la inocencia a tirones, dejándola regada por el piso de la casa.
Yo, como madre, recojo esos trocitos con cuidado, intentando devolverlos a su alma y recordándole que aún no es tiempo…
Pero la vida se encarga de hacer esa labor cada vez más difícil.
“La vida, aunque sólo sea un cúmulo de angustias, es muy querida para mí y voy a defenderla.”
En la escuela ella no ha encontrado su espacio. No logra encajar: su mirada del mundo es diferente, sus intereses no coinciden con los de los demás niños.
El otro día, mientras caminábamos de regreso a casa atravesando el parquecito que tanto nos gusta —ese que se llena de golondrinas bulliciosas que escuchan nuestras conversaciones— me dijo:
—Mamá, hoy mis compañeros me preguntaron cuál era mi canción favorita.
—¿Y tú cuál les dijiste? —pregunté, sabiendo hacia dónde iba la conversación.
—Pues obviamente Paint It Black, mamá… pero ninguno sabía cuál era.
Su mirada se entristeció mientras jugaba con las piedritas del camino.
—Está bien, mi amor chiquito —le dije tratando de animarla—. No todos tenemos los mismos gustos, y eso es lo que nos hace especiales.

Ella tomó mi mano, y seguimos jugando mientras caminábamos a casa.
Dentro de mí entendí su dolor. Yo tampoco encajé nunca. Siempre fui diferente. Incluso hoy me cuesta estar entre muchas personas; prefiero la compañía de mis libros y de mi pequeña. Son pocas las personas con las que puedo ser yo misma.
Ese fue el último día que vimos a las golondrinas. Se despidieron de nosotras prometiendo volver el próximo año para escuchar nuestras aventuras.
“No es la apariencia de un ser lo que debe determinar la forma en que nos relacionamos con él.”
A los pocos días, Valentina me contó que tenía una nueva amiguita y que se sentía muy a gusto con ella. Mi corazón descansó y se alegró, porque los sufrimientos de los hijos son tormentos para sus madres.
Un día, a la salida de la escuela, conocí a la nueva amiga de mi hija. Una niña dulce y cariñosa, con una mirada inocente que abraza sin reservas. Es especial a su manera, y eso la vuelve aún más hermosa.
Los días pasaron y Ana —la amiga de Vale— vino a jugar a casa. Sus risas y complicidad fueron la sinfonía que me acompañó esa tarde. Un lazo se formó entre ellas, un cariño mutuo que es un privilegio presenciar.
Pero no todo ha sido fácil.
El viernes, Valentina llegó llorando. En cuanto me vio, supe que el mundo exterior había vuelto a hacer de las suyas.
Mientras acariciaba sus rizos y limpiaba sus lágrimas, me contó que sus compañeros habían sido muy groseros con Ana por sus diferencias. Vale quiso defenderla, pero no supo cómo.
“La ignorancia es la madre de todos los males.”
Mis lágrimas acompañaron las suyas. No pude protegerla de la maldad ajena, y también supe que no había forma de evitar por completo que estas cosas ocurran.
Mi esposo y yo le explicamos que situaciones así serán recurrentes; que muchas personas solo ven el exterior y dejan escapar el tesoro que cada quien guarda dentro.
Tratamos de confortarla, de hacerle entender que los amigos se cuidan, aunque eso implique enfrentarse al mundo.
Pero su corazón aún es pequeño, y no comprende los juicios y prejuicios que rondan en la humanidad.

Hoy ya se siente mejor, pero todavía veo la sombra en sus ojos cuando hablamos del tema. No entiende por qué hay “niños malos y crueles”, y la verdad es que yo tampoco.
“Las palabras son un puente con elocuencia para conectar dos almas.”
Entiendo que los niños hablan sin filtros —parte de su inocencia—, pero a veces esa inocencia lastima. Y si nosotros, como adultos, no enseñamos empatía y compasión, esa inocencia puede transformarse en un adulto prejuicioso.
Y este mundo ya tiene suficientes de esos.
No puedo evitar estas situaciones ni para Ana ni para mi pequeña, pero sí puedo enseñarles a su voz interior a ser fuerte, valiente y compasiva. Quiero que, cuando esto vuelva a ocurrir, tengan la fortaleza para no dejar que las lastimen; para no escuchar voces que hablan desde el miedo o la ignorancia.
Hoy, mi pequeña y Ana se dicen cuánto se quieren. Se abrazan efusivamente en cada encuentro, hacen planes para sus tardes y comparten travesuras como un idioma secreto. Yo las observo desde lejos, procurando que su mundo sea firme y seguro desde dentro.
Todos saben que Frankenstein es uno de mis libros favoritos. (¿Alguien ha visto ya la película de Guillermo del Toro? Me encantaría leer sus opiniones). Siempre he dicho que somos responsables de los monstruos que creamos, como Victor debió haber sido de su criatura.
Pero también somos el resultado —o la deformación— de nuestras experiencias.
Un monstruo no siempre es quien luce diferente, sino quien actúa con irracionalidad movido por el miedo o la ignorancia. Y eso sí podemos evitarlo: aprendiendo, siendo compasivos, observándonos a nosotros mismos.

Hoy no me despido deseándoles que un libro los lleve a nuevos horizontes —como Mary Shelley lo hizo conmigo y su Moderno Prometeo. Hoy quiero compartirles las palabras que dejé junto a la cama de mi pequeña de rizos alborotados:
Mamá quiere decirte…
Cuando los días se pongan difíciles,
recuerda, mi amor, que estoy a tu lado.
Si la tristeza se asoma por tus ojos,
busca mi mano —
ahí estaré, y juntas lo solucionaremos.
Si el miedo no te deja alcanzar tus sueños,
te presto mi corazón como faro,
para que veas cuán valiente eres
y puedas saltar muy alto, sin mirar atrás.
Cuando te equivoques y no sepas qué hacer,
escucha mi voz en el viento,
que te recordará
cómo seguir, paso a paso,
con amor, con fe, con todo lo que ya vive en ti.
Y, sobre todo, nunca lo olvides:
te amo siempre.
No por lo que logras o haces,
sino por quien eres,
por ese corazón noble y esa mirada de cielo.
Te amo cuando aciertas
y también cuando te equivocas.
Cuando ríes fuerte
y cuando el mundo te pesa.
Te amo cuando todo sale bien
y también cuando nada tiene sentido.
Mi amor por ti no se mide ni se rompe.
Es un lazo invisible que nos une,
aunque estemos en silencio, aunque estemos lejos,
aunque estés creciendo.
Siempre seré tu casa.
Y tú, mi razón de sol cada día.
Te amo, mi corazón chiquito.
---
Un abrazo, ✨🌙












Comentarios