Cuentos con historia: El polizón
- ERIKA Castillo
- 23 ene
- 3 Min. de lectura
El canto de los pájaros interrumpió mi conversación contigo.
Quedaron palabras a medio decir y miradas sin llenar.
Soñar contigo se ha vuelto mi consuelo, mi rincón seguro en medio de tanta incertidumbre.
Me acerco a la ventana para contemplar cómo inicia el día.
Debo apresurarme si no quiero llegar tarde al trabajo, pero la mañana está más hermosa de lo habitual y esos pajaritos que interrumpieron mi sueño anuncian que aún hay cosas nuevas por explorar.
Camino por mi lugar de siempre, acompañado de la música en los audífonos que me regalaste en Navidad, cuando me topo con un cachorro abandonado. No pude encontrar a su madre y, incapaz de dejarlo a su suerte, lo he traído conmigo al trabajo.
Está escondido en mi abrigo para poder pasar frente al guardia de seguridad.
Los cubrebocas y la distancia obligada me han ayudado a introducir a mi polizón. Es el único aspecto positivo que he encontrado en esta pandemia que te ha arrancado de mi lado.
En la oficina todo transcurre igual: correos por contestar, llamadas que atender.
Sin embargo, mi nuevo amigo ha sido una compañía inesperadamente agradable y ha logrado que el tiempo pase más deprisa. Sé que no se permiten mascotas, pero tampoco iba a dejar en el frío a esta pequeña bola de pelos que ahora juega entre mis pies.
Algunos compañeros han visto a mi polizón. Nadie dice nada.
Todos pensamos lo mismo: necesitamos sonrisas en medio de la rutina, y esta colita inquieta ha sido la razón de varias durante el día.
Lo que no había previsto era la visita del inspector de salubridad.
Un cachorro puede convertirse en un gran problema. Cuando llegó con su bata blanca y su lista de incidencias, mi corazón se detuvo. El miedo, con su abrazo frío, me paralizó.
Entonces apareció doña Lucía, la señora de la limpieza.
Sonriendo, me mostró su mandil y me susurró que lo llevaría al piso de abajo hasta que el inspector se fuera.
Caminó segura entre el comité de bienvenida, alejando a mi amigo canino de la mirada inquisidora del visitante. Algunos notaron el intercambio, pero nadie dijo nada.
Todos nos volvimos cómplices. Todos nos alegramos de aquella visita peluda.
De regreso a casa llevo a mi nuevo compañero de piso bajo el abrigo.
Me acompaña el canto de los pájaros, el mismo que por la mañana me arrancó de tu presencia.
¿Adivina a quién conocerás hoy, cuando nos encontremos en mis sueños?

El eco que no se va, ese que nos llena los vacíos con fantasmas de un pasado.
La ausencia que nos acompaña cada día nos susurra todas las cosas que quedaron sin decir.
¿Cuándo se deja de extrañar a alguien?
Dicen que el tiempo lo cura todo. Yo no lo creo.
Más bien pienso que el tiempo enseña a vivir con los trozos que faltan.
Una ausencia no se llena; se aprende a habitar esa nueva versión de uno mismo, incompleta y, aun así, entera.
Mis queridos Lectores bajo la Luna, este texto nació durante la pandemia del 2020, cuando el mundo se detuvo y nos obligó a mirar hacia dentro.
Aprendimos entonces que no siempre es afuera donde se encuentran las respuestas, sino en ese silencio que nos confronta con lo que somos y con lo que hemos perdido.
También entendí que las ausencias no siempre nos abandonan.
A veces solo cambian de forma para seguir acompañándonos en el viaje.
Esta historia nació en uno de esos días.
Un día cualquiera, atravesado por la rutina, en el que la ausencia seguía ahí…
hasta que algo pequeño, inesperado y vivo me recordó que incluso en medio del vacío, la vida insiste.
Gracias por su visita en este nuestro rinconcito del mundo.
Un abrazo ✨️🌙









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