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Cuentos con historia: El vestigio de un hubiera

  • Foto del escritor: ERIKA Castillo
    ERIKA Castillo
  • 20 feb
  • 2 Min. de lectura



La rutina me arrancó de la cama antes de lo acostumbrado. El café goteaba, esparciendo sus alas por la casa; los rayos del sol jugaban con las cortinas y mis pies conversaban con el frío que dormía en el suelo.

Caminé entre las inmensidades de mi pequeño departamento y tropecé con un trozo de algo que no recordaba tener.

Lo sostuve entre mis manos rígidas. La inercia de existir las había vuelto mecánicas; de tanto repetir lo mismo, habían olvidado cómo moverse diferente.


El pequeño trozo brillaba opaco, como si estuviera muriendo. Sus últimas palpitaciones se despedían de una vida que nunca llegó a ser.

Me acomodé en el sillón con aquel vestigio de un sueño no vivido. Lo miré con culpa, buscando una disculpa que nunca pronuncié. Mi cobardía pesaba más que su silencio.


Brillaba sin reproches. Como si entendiera que no estuve listo para sostenerlo. Como si supiera que nunca me atreví.

Había resistido hasta hoy solo para despedirse, para regalarme los últimos colores de lo que pudo haber sido. Ahora habitaba únicamente en los “hubieras” de la memoria.


Intenté invocar palabras, pero me abandonaron. Y entendí que el silencio era suficiente para nombrar los arrepentimientos que me gobernaban.

Sus latidos se hicieron más lentos, concediéndome un último instante para decir adiós sin reservas. Lo miré autocompasivo, armado de justificaciones frágiles y porqués vacíos.

Las despedidas nunca son fáciles, y menos cuando se trata de aquello que alguna vez nos sostuvo. Y aquí, en este momento, ese sueño que me alimentó durante años me dejaba definitivamente.

Sentí que me nacían canas en el instante en que expiró. Era un castigo justo por haberlo condenado a morir sin permitirle vivir.

Me quedé allí, observando mi mano vacía durante lo que parecieron eones, hasta que la alarma sonó, recordándome que la rutina me esperaba.


A mí, el asesino de mis sueños… el que creyó que era demasiado tarde.



A veces creemos que los sueños se apagan en silencio.

Pero casi siempre dejan un vestigio.


Mis queridos Lectores bajo la Luna, hoy este relato nació de un suspiro, en un día donde la leña crepitaba y los juguetes danzaban alborotados por cada rincón de la casa. Y mientras observaba esa vida cotidiana moverse frente a mí, pensé en todo aquello a lo que alguna vez nos hemos aferrado.


Desde que nacemos aprendemos a sostener.

Buscamos la mano de nuestra madre y, de algún modo, nunca dejamos de buscar algo que nos dé firmeza. Con los años nos aferramos a los primeros pasos, a la bicicleta, al primer día de escuela, a la primera cita… incluso al último adiós.


Algunas de esas cosas las guardamos tan hondo que apenas reciben luz, como una aurora tímida que se cuela por la ventana.

Hoy quiero preguntarte, sin prisa y sin juicio:


¿Cuántos vestigios has encontrado en tu camino?

¿Hay alguno que todavía late en silencio?

¿Te has permitido mirarlo sin miedo?

Quizá no todo “hubiera” esté destinado a quedarse en el pasado.

Quizá algunos solo esperan ser elegidos de nuevo.


Te espero, como siempre, en nuestro rinconcito del mundo bajo la Luna.

Un abrazo ✨🌙

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