Historias bajo la Luna: El colibrí en la sala de urgencias
- ERIKA Castillo
- hace 2 días
- 4 Min. de lectura
A veces los milagros se esconden en los pequeños detalles.
No hay luces destellando ni trompetas fanfarriantes.
En ocasiones, los ángeles se disfrazan de personas comunes, con sus propias cargas, y aun así comparten su luz con quien se encuentra perdido.
¿Cómo supe todo esto?
En un lunes cualquiera.
Mi día había comenzado como siempre: meditación, oración, ejercicio. Luego, correr a despertar a mi pequeña de rizos alborotados con su canción favorita del momento —ahora es Opalite de Taylor Swift—. Después de varias sesiones de cosquillas, logré convencerla de que era hora de prepararse para la escuela.
Corriendo para ganarle al reloj, llegamos a la puerta. Le di un abrazo apretado y salí de su mundo para volver al mío.
Mientras desayunábamos mi esposo y yo, sonó el teléfono.
El corazón se me fue a la punta de los pies.
En la pantalla aparecía el nombre de la maestra de Vale.
Contesté y escuché el llanto inconsolable de mi hija. Se había caído. Le dolía mucho el brazo.
Mi marido y yo nos miramos. Y sin decirlo, entendimos todo lo que se nos vendría; fue como una ráfaga de viento que azota una puerta, dejando solo destrozos a su paso.

De ahí en adelante todo se volvió una pesadilla despierta. De esas en las que crees haber despertado, pero sigues dando vueltas en un bucle interminable de sucesos sin sentido.
Mi esposo corrió por Valentina a la escuela. Yo me secaba el cabello, que aún escurría agua, mientras reunía documentos. Ya sabía que los necesitaríamos.
Cuando la vi llegar, sus ojos estaban llenos de lágrimas. El brazo se veía deforme. No podía moverlo.

Radiografías.
Un yeso.
La confirmación de un diagnóstico temido se escuchó en boca de la doctora.
Nuestra pequeña de rizos alborotados enfrentaba su primera prueba de niña grande.
Tendríamos que viajar tres horas para ver a un especialista. Yo preparaba una maleta en piloto automático. No podía pensar en todo; así que me concentré en el siguiente paso. Solo el siguiente.
En el camino hacia la otra ciudad, mi pequeña, con su cabecita recostada sobre mi pecho, me decía que tenía miedo. Que no quería hacer lo que tenía que hacer.
Yo le hablaba con palabras pequeñas, de esas que caben en el corazón de una niña.
El miedo estaba ganando la batalla, pero decidió ponerlo en espera después de mucho conversar.
Fue fuerte. Más fuerte de lo que ella misma sabía.
Ya en el consultorio comenzó a temblar. El ambiente no ayudaba: enfermeras corriendo, personas enfermas con semblante distante. Ella sudaba frío.
Y me preguntó:
—¿Por qué Dios me está haciendo cosas malas?
Ninguna respuesta parecía suficiente.
Muchas veces pensamos que Dios nos “hace” cosas. Que mueve sus manos para perjudicarnos. Que envía enfermedades o nos quita lo que amamos.
Es más sencillo convertirlo en el villano.
Pero en medio de la tormenta, ¿cuántas veces nos detenemos a ver su mano sosteniéndonos?
El miedo nos ciega. Culpar es más fácil que asumir que la vida también implica fragilidad, riesgo y responsabilidad.
A mis niños de catecismo una vez les pregunté:
—¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena?
Después de mucho dialogar, llegamos a algo importante: no siempre podemos controlar lo que sucede, pero sí qué hacemos con eso que sucede. Y, a veces, también somos nosotros la “cosa mala” que le pasa a alguien cuando actuamos sin responsabilidad o compasión.
De vuelta en la sala del hospital, lejos de casa, Valentina apretaba mi mano más fuerte que el día que nació. La doctora que revisaba su brazo llevaba tatuada una luna y estrellas moradas debajo de un colibrí.
Y en ese instante sentí algo muy claro:
“Aquí estoy”.
Era esa voz familiar que siempre me guía cuando la oscuridad se vuelve densa. Era Dios.
Hubo gritos. Lágrimas. Agujas. Intentos desesperados por huir. Pero también hubo compasión, palabras que brindaron tranquilidad y sonrisas amables.
Y luego apareció el yeso nuevo. El brazo, de nueva cuenta en su lugar, listo para sanar.
Una enfermera le pegó unas estrellas rosas en el yeso por su valentía.
Y sus ojos volvieron a brillar.
Se despidió con abrazos de todos. Incluso del guardia que miraba desde lejos con gesto preocupado. Nunca es sencillo ver sufrir a un niño, aunque no sea el tuyo.
Volvimos a casa agradecidos.
No hubo cirugía. No hubo escenarios catastróficos. Solo un brazo roto… y nuestros corazones agradeciendo.
La amabilidad del personal fue un milagro.
La paciencia de una doctora con mil pacientes más, otro.
La disponibilidad de los enfermeros y enfermeras, un milagro que se ve a diario y por ello pocas veces se toma en cuenta.
La valentía de mi pequeña, el más grande de todos.

Hoy tenemos una rutina distinta.
Pero también una certeza más profunda:
Dios no estaba en la caída.
Estaba en las manos que acomodaron el hueso.
En las estrellas rosas.
En el colibrí tatuado.
En cada persona que eligió ser una luz en nuestro camino.
Los milagros no siempre hacen ruido.
A veces solo tienen forma de amabilidad y sonrisas.
Me despido mis queridos Lectores bajo la Luna deseando que encuentren milagros todos los días en lugares inesperados.
Un abrazo ✨️ 🌙









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